En el A


Subís.

Subís al primer vagón del Subte A, desde hace dos años, a las 6.40, cada mañana. Si hay lugar, te sentás, y ahí nomás comenzás a mirar a los pasajeros, a los habituales de cada mañana, a los que nunca viste, a los que viste y preferís olvidar, a un papá con su nena a upa, a un papá con su nena a upa que no para de llorar, al pibe de veintipico que escucha reggaeton con el manos libres y es tan temprano que lo querés bajar, al tipo que te empuja, que bufea, que se acomoda primero él, segundo él y tercero él, lo querés bajar, a los que nunca le dan el asiento a una embarazada o a las viejas, a las viejas que putean al aire porque en el vagón hay un perro dando vueltas y que guarda que te va morder. Los perros. Los perros vagabundean de Flores a Plaza de Mayo y viceversa, y vos te cagás de risa cuando los ves cómo se menean. Ladran. Le ladran a una coqueta que se pinta a la mañana en el subte, con el espejito y ese rímel -ese rímel que te desespera- y lo único que querés es decirle ahí, enfrente de todos que no podés, nena, no podés. No termina más el viaje, pero el vagón explota y llegás a Miserere y uy la puta madre, ahora cómo hacemos, pensás, y entra la gente, entra, se apretuja, se acomoda al cuepo ajeno, encajan como un tetris las piezas humanas, encajan, y te querés bajar, y no aguantás por momentos los olores, esos olores a naftalina en la ropa, en los tapados y en las camperas, los perfumes que se impregnan y el tipo que sin permiso, disimula, se tira un pedo y no te deja, te liquida la moral, te ningunea, hasta que llegás a Plaza de Mayo, que más o menos vendría a ser como la previa del calvario, que es ese trabajo y pensás bueno, ok, después de todo, no es nada más que un día normal.

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