Sé otra cosa


Sé otra cosa.

No te empecines, ni le busques la vuelta, ni te amargues porque el oficio ya no es lo que era, cuando te enamoraste de él el día en que la Plaza -la de Mayo- bullía al ritmo de un diciembre acorralado, y los palos volaban y la gente -la pobre gente, y alguna viva que siempre hay dando vueltas- saqueaba, mientras otros martillaban bancos y agitaban cacerolas, enfurecidos disconformes desconfiados, y salías a la calle y la sensación era un hastío, y las asambleas te llamaban, la autoconvocatoria te podía y los presidentes que cambiaban como si fueran figuritas en el recreo de la escuela, y vos ahí, que mirabas todo y te morías por contarlo.

Sé otra cosa.

Te lo dije -te lo advertí- mil veces, cuando ibas contenta a hacer tus primeras notas y sacabas orgullosa el grabador y ese anotador verde musgo que le mendigaste a un colega borracho, cuando temblabas con tus preguntas recién hechas y la voz desaparecía en un hilo fino y el corazón era un bardo porque, de verdad, ilusa, te creíste eso de que con tu aporte ibas a poder cambiar algo.

Ahora, una década después, mientras escribís líneas mediocres, para un medio mediocre, a pedido de periodistas mediocres, y te reís porque no queda otra y ya no te alarma la falta de garra que le ponés a todo -a ésto, que era todo para vos entonces-, te sentás a observar el recorrido, tantas pasiones insatisfechas, las historias que no llegaste a contar, y sentís cada vez más seguido lo que escribió alguna vez tu admirado Walsh: "Aún ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces".

Sé otra cosa, hacete el favor, de una buena vez por todas.

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