Lo pretérito, lo que ya pasó. El pretexto imperfecto para contarlo. Rescatarlo. Pintarlo con palabras, en imágenes. Con música, sin ella, en silencio, casi nada. Un motivo perfecto para volver a espabilarnos.
In da kíchen
De reojo, desde el living incorporado, como quien no quiere la cosa, una réplica del Guernica parece observar lo que sucede en la cocina, esa cocina, su cocina. Es la sala de ensayos, su mejor escenario, el lugar donde reposan las emociones, los sinsabores, las turbulencias de todo un día.
El espacio es reducido, 2,40x2,20 -ni muy grande ni tan chico-, blanco y acero, limpio, muy limpio. Sobre el piso de baldosones grises, hay en una esquina una heladera que se erige estoica, con una puerta principal imantada de dibujos con sabor a colores primarios, de niños. En la puerta del freezer hay cuatro fotos. En tres, ellos dos, de pequeños. En la cuarta, un Rodolfo Walsh pensativo, ausente, con sonrisa leve, blanco y negro, inmerso en cierta lectura. Hay, además, tres imanes de una pizzería, la casa de pastas y la panadería, y debajo de ellos, sostenidas, aguardan a ser usadas dos órdenes médicas de un otorrinolaringólogo.
Bien pegado a la heladera, está el horno, ese horno, que tanto le gustó el día que lo vió empotrado al mueble prolijo, tan prolijo, e imaginó las tortas caseras, los scones y las comidas elaboradas que en él cobrarían vida. Sobre ese horno, desde el techo y a la altura de la sien de una persona no muy alta, pero tampoco baja, una campana de acero inoxidable le da presencia a la cocina. La base del extractor del aire sirve de estante y sobre él hay cuatro especieros con ajo molido, orégano, adobo para pizza y pimentón dulce de un rojo tan intenso que corta el blanco del ambiente. Al fondo de ese mismo estante, sobre el costado derecho, una bolsita con pimienta blanca, un paquete de comino y dos saleros.
Los azulejos de las paredes son también blancos, de 20x20, despojados. Sobre el mármol gris, en un rincón, al costado del horno, descansan tres tablas para picar, una botella de vino tinto y una de Fernet Branca -empezadas-, la pava, un termo, el mate, una bombilla, dos paquetes de café, el recipiente de la yerba, un tupper para el Nesquick, otro para las galletitas y bolsitas que contienen nueces, almendras y pasas. Al lado de éstos, el escurridor de la vajilla, plagado de platos comunes, soperos, del té, vasos, tazas y cubiertos, todos, elevados al cuadrado.
Debajo del mármol, y a un costado y otro de la pileta, tres sectores de guardado esconden enseres del tipo más variado: son los instrumentos de su orquesta, las ollas los recipientes de barro, vidrio y cerámica, los cuchillos, el batidor y las cucharas.
Es el enorme ventanal que va de lado a lado, sobre el mármol, su cuadro más preciado. Por allí se la puede ver, desde los edificios más cercanos, especialmente por las noches, cuando crea, cuando pica o cuando amasa, en ése, su mejor escenario.
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