Yo me quedo en Madrid



En febrero de 2004 el calor de ese verano le hacía daño en Buenos Aires y la aventura, para ella, recién estaba por comenzar. La Terminal A del Aeropuerto Internacional de Ezeiza se iba a desintegrar, de manera literal. Al menos, así lo recuerda. El aire acondicionado había dejado de funcionar y la espesura de la humedad se colaba entre los cuerpos, a través de las maletas, los portaequipajes y cada una de las puertas de embarque. Tan pero tan espesa era la humedad como la necesidad de irse del país lo era para ella. Pesaba. Y cómo pesaba. Es por eso que para hacer tiempo y aguantar con disimulo la temperatura y la espera, en un quiosco de diarios y revistas cualquiera, poco antes de emprender el viaje, compraba el último envío del diario El País.

"Respirá, respirá".

España la aguardaba. Madrid para ser más exactos. Barajas, para hilar bien fino. Y Torrejón de Ardoz -bien cerquita de Alcalá de Henares, la tierra de Miguel de Cervantes- sería el destino elegido para olvidar una larga temporada de penas y desencuentros. Sin embargo, lo que estaba por llegar le parecía aún tan lejano.
Todavía en Buenos Aires, los carteles de arribos, salidas y retrasos contaminaban el escenario y aumentaban el nivel de ansiedad. El ir y venir desenfadado y nervioso de los pasajeros que ese mediodía circulaban por el aeropuerto le oprimía el pecho, que subía y bajaba al ritmo de la acelerada frecuencia cardíaca. Leía, o hacía que leía, como para intentar no pensar, pero el terror que le provocaba el inminente despegue y los recuerdos porteños que la perseguían, no tenían pensado darle la más mínima chance de tregua.


"Respirá, respirá".


De repente, una voz femenina en off convocó a los pasajeros del vuelo de Aerolíneas Argentinas con destino Madrid para que se acercaran a la puerta correspondiente de embarque. Chau, má. Chau, pá. Hasta la vuelta. Nos vemos pronto. Pero no llores, papá, dale, que en un par de meses estoy por acá. Claro que los voy a extrañar. Pero cuidate mucho, prometémelo. No fumes tanto. Llamanos cuando llegues y cada vez que puedas. Que sí, que sí, dale.
Es mientras solicitan desde la cabina a los pasajeros que se ajusten los cinturones de seguridad que ella evoca las últimas palabras, las recomendaciones, el dulce beso y el cálido abrazo familiar.


Desde arriba, ya en el aire, todo parecía un viejo recuerdo. Apenas podía reconocerser. Atrás quedaba el año entero, interminable, de preparativos, de imaginar el recorrido, de juntar pesito a pesito para pagar el pasaje, de pensar cómo sería animarse a la travesía de cruzar el Atlántico y olvidarse. ¿Podría alguna vez olvidarse?


El avión carreteaba ya. No le quedaban uñas disponibles por masticar. Puso música, se colocó los auriculares que venían en una bolsita con la marca de la aerolínea, cerró los ojos, apoyó la cabeza e intentó no pensar ni mirar más al ala que se agitaba sobre la pista al andar. El resto del viaje tan sólo fue respirar y respirar. Madrid la esperaba y la aventura, para ella, estaba recién por comenzar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario